Hoy nos metemos en un tema difícil: el miedo.

Os he enlazado más arriba la palabra miedo con la Wikipedia para que podáis acceder a más información. No obstante, ahora os voy a describir mi concepto de miedo, a través de mi propia experiencia y de todo lo que he estudiado al respecto, y las experiencias de tantos de mis pacientes.

El miedo nace de la precaución. Poseemos el instinto de supervivencia, que nos permite resistir y realizar acciones protectoras para nuestra vida, mucho más allá de lo que creemos que podemos hacer, en condiciones normales. Este instinto es el que nos da una fuerza en enorme durante unos minutos, para poder levantar un automóvil y rescatar a un niño que quedó atrapado debajo. O saltar de una azotea a otra –y acertar- para poder escapar del fuego o de una persona que quiere dañarnos. Cuando estamos de verdad amenazados, la adrenalina –y otras sustancias- se derraman en nuestro torrente sanguíneo y nos permiten durante unos minutos, convertirnos en una súper mujer (o súper hombre).

La precaución es sana, útil, favorable. Precaución es pensar en algunas contingencias que pueden pasar –y que suponen un cierto peligro- y prepararnos para solucionarlas. Por ejemplo, hay nubarrones negros en el cielo, hay mucho viento, eso indica que es probable que llueva, así que cogemos un paraguas para protegernos del aguacero. La precaución no provoca sentimientos desagradables, sino de satisfacción al ser capaces de protegernos con eficacia.

Pero aunque el miedo nace de la precaución y ésta es saludable, el miedo no lo es. El miedo no nos protege, sino que más bien nos deja en un estado de parálisis, no podemos pensar ni actuar. Nuestra mente tiene muchas cualidades, pero si desconocemos cómo gestionarlas, pueden actuar en contra nuestra.

Una de estas cualidades es que la mente no distingue entre la realidad (por ejemplo una manzana) y una representación de esta realidad (por ejemplo, una fotografía de esa manzana). Esto es muy útil cuando queremos influir en nuestra mente para conseguir algo que deseamos. Pero cuando la mente usa esta capacidad y está fuera de nuestro control, entonces un escenario posible (que puede pasar) pero no probable (que el porcentaje de posibilidad es pequeño), la mente lo entiende como si fuera real (igual que cree que la foto de una manzana es una manzana) y nos asustamos.

Por ejemplo: nos ha salido una pequeña mancha marrón en la cara. Vemos que no es una peca. Observamos unos días, pero nos acordamos de que existe el cáncer de piel. Y nos asustamos porque nos hemos creído en ese momento, que esa mancha es el síntoma de cáncer de piel. Y ya está. Nos vemos en el futuro, enfermos, agonizantes, en nuestro propio entierro. Y sufrimos, nos desesperamos, estamos fatal. Puede pasar que en otro cierto momento, recuperemos la calma y nos demos cuenta de que lo hemos inventado todo. Pidamos cita al médico y cuando vamos y nos hace pruebas, resulta que no es nada. Un poco de melanina acumulada en un poro. Pero, puede pasar, que no nos calmemos, que sigamos asustados, que nos cambie el humor, que no queramos ir al médico. Hemos entrado en la espiral del miedo, en un bucle del que no sabemos salir.

Y es cierto: hay una pequeñísima probabilidad de que sea cáncer. Si estamos en calma, sin susto, vamos al médico y descartamos esa pequeña probabilidad. Y si diera afirmativo, como es tan pronto, tenemos muchas probabilidades de superar la enfermedad. Estando en calma (que quiere decir en ausencia de temores y preocupaciones) tomamos buenas decisiones.

Pero si confundimos posibilidad con probabilidad, entonces, nos vamos a creer que estamos enfermos y asustados y preocupados, vamos a tomar decisiones poco eficaces.

Sí, porque el miedo es un invento. Es una cosa que en el campo infinito de posibilidades, puede pasar. Pero que pueda pasar no significa que pase, que pase ahora o que te pase a ti.

Los adultos tenemos un gran enemigo en el miedo, hemos de aprender a batallar con él, a recordarnos que no es verdad, que no hace falta atemorizarse. Pues imaginad los niños que además tienen todavía un pensamiento mágico.

Pensamiento mágico quiere decir que no está guiado por la lógica. El pensamiento lógico tarda en aparecer en la vida del niño, no es hasta los nueve años aproximadamente que comienza a transformar su pensamiento hacia la lógica y la razón. Además, el niño tiene una vivencia de su vida egocentrista. Que no quiere decir egoísta, sino centrado en sí mismo. El niño cree que todo lo que ocurre lo provoca él. Por ejemplo, si se disgusta con su madre y más tarde, ella se corta con un cuchillo mientras hace la cena, el niño se sentirá culpable porque cree que es por su culpa, porque él ha querido que a su madre le pasara algo físico debido a su ira, a su disgusto. Al igual que un niño cree que ese lápiz que hacemos ver que es un avión, es un avión, un monstruo cree que es un monstruo.

Para comunicarnos bien con los niños hemos de recordar cómo es su pensamiento. Así que decirle a un niño que está asustado por si hay algún monstruo bajo la cama, que no, que no lo hay, que vaya tontería, que mira cómo subo el edredón y ves, no hay nada… no sirve de nada para tranquilizarlo. Porque aún no se rige por la lógica. Porque aún un escenario imaginado (una cama con monstruo) es para él completamente real.

Así que nada de lógica para tratar con los miedos. Nada de burlarse de un niño algo mayor por tener miedo. Nada de hacer ver que no pasa nada. No. Usemos su tipo de pensamiento y démosle armas para luchar contra los monstruos.

Aceptemos la realidad de ese monstruo –o de eso que le da miedo- y mostremos cómo actuar. Por ejemplo, con firmeza y valor. Hola monstruo, no sé por qué estás aquí, asustando a (nombre del niño) pero tengo que decirte que no eres bienvenido. No queremos que estés aquí causando problemas, vete en paz y todo listo. Gracias. Y podemos dibujar junto con el niño protecciones inventadas –pero que para él son reales-, un arma secreta –por ejemplo un derretidor de monstruos- y dotarlo de armas, con fantasía sí, pero que resulta real para él. Seamos creativas y conociendo al niño, vamos a proveerle de estrategias que le funcionen. Si es bueno con el cuerpo, pues que salte muy alto varias veces y el monstruo se rompe. Si es bueno cantando, que cante una canción que hace diminuto al monstruo…

También podemos mostrar, conciliación pacífica. Por ejemplo, hola monstruo, puedes estar aquí si no molestas, si nos dejas vivir a nuestro modo. Si alguna vez quieres jugar pues pides permiso. Si te gustan las galletas puedo darte alguna que están muy ricas. Es enseñar al niño a dar la vuelta a las cosas, a prestar atención a lo mejor y no a lo peor.

Estas acciones las podemos repetir las veces que haga falta hasta que el niño sea capaz de hacerlo por si solo, hasta que ya no tenga miedo.

Y siempre observar, ver cómo evoluciona el tema, si se normaliza, si el niño está aprendiendo a defenderse solito de situaciones comprometidas… darle nuestro apoyo emocional y el refuerzo positivo ante su conducta valerosa. Veremos que en la gran mayoría de casos, funciona y desaparece el problema.